JULIO AZOR
Tu trayectoria cruza cine, música, poesía y divulgación cultural. ¿En qué momento entendiste que no querías elegir un solo lenguaje, sino habitar el cruce entre todos ellos?
Creo que no hubo un momento único de revelación, sino una acumulación de pequeñas certezas. Nunca he visto los distintos lenguajes con los que me expreso como compartimentos estancos. La poesía es intensamente musical: trabaja con ritmo, sonoridad, silencios y respiración; y el cine es una gran orquesta donde conviven muchos instrumentos a la vez —imagen, sonido, tiempo, espacio, palabra—.
Ambos comparten la búsqueda de un tono, de una cadencia emocional, de una forma de hacer visible lo invisible. En una canción, en un poema o en una película, el montaje, la repetición, la pausa y el vacío son tan importantes como lo que se muestra o se dice. El cine aúna interpretación, fotografía, ambientación, diseño, caracterización, música —por supuesto—, y por qué no, también poesía: no solo en lo que narra, sino en cómo respira, cómo mira y cómo deja espacio para que el espectador complete el sentido. El cine puede llegar a ser profundamente poético.
De niño no elegía un solo juguete para expresarme: armaba mundos mezclándolos todos. Con el tiempo entendí que con el arte, —el mejor juego de todos— me pasa lo mismo: no cambio de lenguaje por estrategia, sino por necesidad expresiva, lúdica y vital, por curiosidad, por placer, porque me lo pide el alma.
Con el tiempo entendí que mi identidad artística no se construye eligiendo un único territorio, sino moviéndome entre ellos sin aduanas ni fronteras. Habitar el cruce es, para mí, una manera de estar en el mundo: escuchar antes de clasificar o etiquetar, mezclar antes que jerarquizar, aceptar que somos múltiples y que esa mezcla no es confusión sino potencia. No trabajo desde la idea de “fusionar disciplinas”, sino desde una curiosidad constante que encuentra en cada lenguaje una puerta distinta para hablar de las mismas preguntas.
En muchos de tus proyectos aparece la palabra “voz”: cantar, recitar, dirigir, contar. ¿Qué lugar ocupa hoy tu voz —literal y simbólicamente— dentro de todo lo que haces?
Mi voz es mi verdad.
Siempre canto y cuento desde mi lugar: mi personalidad, mi experiencia, mi manera de mirar y de sentir la vida. No intento desplazarme a otro sitio ni fabricar una voz que no me pertenece. Evito lo que no salga de mí, procuro serme fiel. Hablo desde donde estoy, desde lo que soy.
Creo en un arte que honre sus raíces y, al mismo tiempo, se atreva a mirar más allá de las estrellas. Mi obra se apoya en la tradición, pero avanza sin miedo al riesgo ni a la experimentación. Mi voz nace de ahí: de lo aprendido, de lo heredado, y también del deseo de ir más lejos.
A veces mi voz nace en la cabeza, otras en las tripas. Hay días en que piensa y días en que arde y me atraviesa. No busco dominarla ni adiestrarla: la sigo. Dejo que marque el camino.
En una canción digo: “quiero cantar como las flores crecen, dejarme cantar como la flor se deja brotar”. Esa frase resume mucho de mi relación con la voz. No forzar, no imponer, no controlar. Dejar que la voz aparezca como aparece la vida: cuando encuentra su tiempo, su espacio y su luz.
Has escrito poesía, canciones y guiones, pero también has dirigido y producido tus propias obras. ¿Crear desde tantos lugares distintos te da más libertad o más responsabilidad?
Para mí, el arte es, ante todo, un espacio de libertad. No una libertad cómoda, complaciente ni decorativa, sino una libertad viva, salvaje, que requiere mancharse y estremecerse, que exige presencia y riesgo.
Crear desde distintos lugares no me dispersa: me permite respirar, me aporta perspectiva y continuo aprendizaje, me da la libertad de no quedarme atrapado en una sola identidad, de abrir las ventanas y dejar que cada obra encuentre el cuerpo que necesita.
Esa libertad, claro, trae consigo responsabilidad. No en el sentido de control, sino de coherencia. De ser fiel a lo que quiero decir, a cómo lo digo y a desde dónde lo digo. Cuando dirijo o produzco, la libertad se vuelve también cuidado: del proceso, de las personas, del tiempo de la obra.
Pero nunca parto de la obligación. Parto del deseo. Y desde ahí, la responsabilidad aparece como una consecuencia natural, no como un peso. Para mí, crear es sostener ese equilibrio frágil entre libertad y compromiso, sin perder nunca la posibilidad de jugar, de equivocarme y de volver a empezar.
Dentro, tu álbum, se mueve entre lo íntimo y lo escénico. ¿Qué te permite la música que no te permite la poesía, y viceversa?
La música me permite poner el cuerpo entero. No solo la voz, sino la respiración, el pulso, el temblor. En la música la emoción no pasa primero por el pensamiento: ocurre. Me expone de una forma directa, casi física. Cantar es una manera de entregarme al presente, de aceptar que lo que siento se diga antes de que pueda ordenarlo.
La poesía, en cambio, me da otro tipo de intimidad. Es un espacio más silencioso, más preciso. Ahí puedo detenerme, afinar la palabra, escuchar lo que queda entre una frase y otra. La poesía no siempre necesita ser dicha en voz alta: puede existir como un susurro, como algo que acompaña desde adentro.
En Dentro, esos dos territorios se rozan constantemente. La música abre el cuerpo; la poesía cura la herida. Una me expone, la otra me sostiene. Y en ese ir y venir entre lo escénico y lo íntimo encuentro un lugar verdadero desde donde crear.
Estás trabajando en una canción protesta sobre el derecho a la vivienda, ‘¿Dónde vivir?’. ¿Sientes que hoy el compromiso político vuelve a ser una necesidad en la canción de autor?
Sí, sin duda. Hoy el compromiso político no es una opción estética, es una necesidad vital y moral. No porque la canción tenga que dar respuestas, sino porque no puede mirar hacia otro lado.
La canción de autor siempre ha sido un espacio para nombrar lo que duele, lo que falta, lo que no se nombra. Hablar del derecho a la vivienda no es una consigna: es hablar del cuerpo, del descanso, del miedo, de la posibilidad de tener un lugar en el mundo. ¿Dónde vivir? no pregunta solo por una casa, pregunta por la dignidad.
Para mí, escribir una canción protesta hoy es volver a escuchar el pulso de la calle sin perder la intimidad. Es transformar la rabia en palabra, el cansancio en canto. El compromiso, cuando es honesto, no limita la creación: la vuelve urgente. Y esa urgencia es también una forma de verdad.
Tu próximo cortometraje, Cosas que nunca nos dijimos, nace desde la memoria de tu abuela. ¿Qué papel juega la herencia —familiar, cultural, emocional— en tu manera de crear?
En este proyecto, la herencia juega un papel fundamental. Cosas que nunca nos dijimos nace directamente de la memoria de mi abuela, pero también de todo lo que quedó suspendido cuando se fue.
Cuando ella falleció lo pasé muy mal. No pude despedirme, y ese silencio se quedó conmigo durante mucho tiempo. Escribir este guion fue una forma de atravesar ese dolor con cuidado, de encontrar un lugar desde el que recordarla sin que doliera, de despedirme cuando ya no era posible hacerlo de otro modo.
La herencia, para mí, no es solo lo que se transmite, sino lo que insiste. En este caso, fue su manera de hablar, de pensar, de estar en el mundo. He intentado recrear su voz, sus ideas, sus refranes, sus gestos, no desde la imitación, sino desde el amor y la escucha. Escribir fue una forma de volver a conversar con ella, de decirnos aquello que en vida no supimos o no pudimos decirnos.
Crear, en este sentido, se convierte en un acto de cuidado y de memoria. Un modo de transformar la pérdida en presencia, y de entender que la herencia familiar, cultural y emocional no pesa: acompaña.
En tu obra aparecen temas como el duelo, la muerte, la identidad o la espiritualidad, pero también el humor. ¿La comedia es una forma de resistencia o de reconciliación con lo que duele?
Para mí, la comedia es al mismo tiempo una forma de resistencia y de reconciliación. Reír no es negar lo que duele, es encontrar una manera de mirarlo sin que nos destruya.
La comedia tiene una capacidad enorme para hablar de lo importante sin imponerlo. Siempre me han interesado los autores que supieron usar el humor para decir cosas muy serias, como Chaplin o Berlanga, que desde la risa señalaron injusticias, contradicciones y miedos colectivos con una lucidez impresionante. El humor, cuando es honesto, baja las defensas y abre una escucha distinta.
En mi anterior cortometraje Reír, una comedia negra, trabajé precisamente desde ese lugar. La risa aparece como una vía para lanzar una reflexión potente sobre todas esas emociones que reprimimos a diario para encajar en la vida en sociedad.
El humor, así entendido, no tapa la herida, pero la hace visible sin convertirla en un peso insoportable. Nos permite resistir sin endurecernos y reconciliarnos sin olvidar. Y ese equilibrio, frágil pero necesario, es el que me interesa explorar en mi trabajo.
Has abordado cuestiones sociales como los derechos de las mujeres en el franquismo o la realidad LGTBQ+. ¿Crees que el arte tiene la obligación de tomar posición, o basta con no mirar hacia otro lado?
Creo que crear, en sí mismo, ya es un acto político. No porque toda obra tenga que hablar explícitamente de política, sino porque crear implica tomar posición: decidir qué miramos, qué decimos, qué dejamos fuera y desde dónde lo hacemos.
Crear es ocupar un lugar en el mundo y decir: esto merece ser contado. En un tiempo que empuja a la prisa, a la repetición y al consumo rápido, detenerse a escuchar, a escribir, a contar con verdad es una forma de resistencia. Elegir la sensibilidad y la emoción también es una postura política.
No creo tanto en la obligación como en la honestidad. El arte no debería imponer consignas ni ser panfletario, pero sí hacerse responsable de su mirada. No mirar hacia otro lado ya es una toma de posición.
Hoy, además, los artistas debemos defender la cultura con uñas y dientes. La cultura no es un adorno: es lo más valioso que tiene una sociedad. Es memoria, pensamiento crítico, imaginación y refugio. En un tiempo en el que vuelven la censura, el recorte y el desprecio por los artistas, defender la cultura es defender la libertad.
Como dice una frase de Platero y Tú: Maldigo a todos esos locos que quieren gobernar la vida sin las palabras del poeta y sin las manos del artista.
Además de crear, divulgas cultura en redes y has construido una comunidad muy amplia. ¿Cómo convives con la tensión entre profundidad y formato breve, entre pausa y algoritmo?
Convivo con esa tensión siendo consciente de los límites y de las posibilidades de cada espacio. Las redes no son el territorio donde todo se dice, sino un punto de encuentro, una manera de sembrar semillas. Lo breve y el algoritmo me obligan a condensar, a elegir la palabra justa, el gesto necesario; pero eso no reemplaza el tiempo de pausa, la escucha atenta, el trabajo lento que requiere crear de verdad.
Trato de no confundir velocidad con profundidad. Puedo compartir un fragmento, una imagen, un pensamiento breve, pero detrás de cada publicación hay un proceso, un mundo que no se ve de inmediato. La profundidad sigue estando en el silencio, en la repetición, en el trabajo que no se mide en likes ni en vistas.
Hay belleza también en esa tensión: me recuerda que la cultura es movimiento, no solo resultado. La pausa y la lentitud se practican también dentro del formato breve, si somos conscientes de cómo usamos cada palabra, cada imagen, cada sonido. Para mí las redes son un puente, no un fin; un espacio para convocar, despertar curiosidad, crear comunidad y, sobre todo, divulgar cultura. Mientras, el corazón del trabajo creativo sigue latiendo en otro tiempo, más íntimo y más profundo.
Mirando todo lo que haces —música, cine, poesía—, ¿qué es lo que todavía no has podido decir y sientes que te está esperando en el próximo proyecto?
Hay cosas que todavía no he dicho porque decirlas implica volver a un lugar muy vulnerable. No porque el dolor siga abierto, sino porque abrir esa puerta exige una escucha muy precisa, un tiempo justo.
Sé que en algún momento querré hablar del bullying y de la homofobia que atravesaron mi infancia y adolescencia. No desde la herida, sino desde lo que quedó después. He sanado muchas capas de ese dolor, pero la memoria del cuerpo tiene sus propios ritmos, y no quiero forzarla. Hay historias que no se cuentan por valentía, sino por necesidad, cuando encuentran la forma y el camino adecuados.
Crear, para mí, no es cerrar etapas, sino seguir abriendo preguntas. Y esa, quizá, es una de las más importantes que todavía camina conmigo, pidiendo tiempo, cuidado y verdad.