NATALIA BARRAZA
Tu trabajo abarca teatro visual, circo contemporáneo, live cinema… ¿Cómo encuentras el hilo conductor entre disciplinas tan distintas?
El hilo conductor está en la mirada y en las preguntas que sostienen la obra, no en la disciplina en sí. Me interesa pensar la escena como un espacio de pensamiento sensible, un laboratorio en el que se confrontan cuerpo, imagen, objeto y tecnología para cuestionar cómo percibimos y cómo construimos realidad. La diversidad de lenguajes me permite ampliar el campo de resonancia poética y crítica, situando cada obra en el cruce entre disciplinas más que en una sola etiqueta.
En este sentido, el teatro visual y la idea de “live cinema» se ha convertido en un eje importante de mi práctica, porque me permite explorar en directo la relación entre imagen, tiempo y percepción, y compartir con el público tanto el artificio como la experiencia poética que genera.
Has desarrollado en A.C.E.C., tu propio programa de acompañamiento a la creación escénica contemporánea. ¿Qué hueco veías en el sector que te llevó a crearlo?
Llevo décadas acompañando creaciones y detecto dos carencias recurrentes: por un lado, la falta de metodologías claras que permitan a lxs artistas organizar y profundizar sus procesos; por otro, la soledad de la creación, esa sensación de avanzar sin guía o sin asideros.
A.C.E.C. surge como un espacio de escucha y acompañamiento crítico, donde la singularidad del artista es el punto de partida. No busca imponer un modelo, sino dar herramientas prácticas, perspectiva y diálogo para que las ideas se concreten en escenas coherentes y potentes.
En tus piezas hay un diálogo constante entre cuerpo, imagen, tecnología y pensamiento crítico. ¿Cómo decides el peso de cada elemento en escena?
Para mi están interconectadas. Trabajo con la idea de capas complementarias. Cada lenguaje tiene autonomía y aporta un plano de sentido. El cuerpo/presencia, la parte técnica/escenográfica, la palabra/gesto e incluso el silencio conviven como estratos que se tensan entre sí. No me interesa que la imagen ilustre al texto, ni que la tecnología sea un adorno: busco que cada elemento active una sensación, que genere un desplazamiento en la percepción. La decisión sobre su peso proviene de un equilibrio entre intuición poética y un análisis consciente de qué necesita la obra para desplegarse.
Has trabajado en España, Latinoamérica y otros países de Europa. ¿Qué aprendizajes te ha dado moverte entre contextos culturales tan diferentes?
Creo que el primer aprendizaje es que más allá de las diferencias, todo está vivo e interconectado y que hay que entrenar una escucha y una mirada permeables. Cada contexto cultural ofrece un ecosistema único, y desde el ámbito escénico esto afecta a sus modos de producción, sus urgencias y sus imaginarios.
En Latinoamérica encontré una vitalidad ligada a la colectividad y a la creación con recursos mínimos, que genera un ingenio extraordinario. En Europa, existen estructuras que permiten otros niveles de investigación, aunque también corren el riesgo de institucionalizar la práctica y no siempre son tan “inclusivas” como aparentan. Los puntos de partida son diferentes y por tanto también sus derivas tanto a nivel de proceso como de producción.
“Rara Avis” ha sido una de tus últimas direcciones. ¿Qué retos y descubrimientos surgieron en este proyecto?
“Rara Avis” exploraba la condición de aquello que se percibe como marginal, excluido o extraño, pero que en realidad es una aportación imprescindible al colectivo. El gran reto fue traducir esta reflexión a través de las disciplinas circenses con las que contaban las intérpretes, generando una dramaturgia poética, o sea a través de atmósferas y gestos, que mostrara las tensiones entre individuo y comunidad, y entre integración y expulsión, rasgos inherentes a la naturaleza humana.
El descubrimiento fue que, a través de un lenguaje físico y visual, se puede hablar y exponer estas dinámicas sin necesidad de explicarlas explícitamente, dejando que la potencia simbólica del movimiento y la imagen interpelara directamente al espectador/a.
Como docente, investigadora y creadora, ¿cómo equilibras la práctica artística con la enseñanza y la teoría?
Veo esos tres roles como vasos comunicantes. La práctica artística es el lugar donde se ponen en juego las preguntas y mis inquietudes de creación; la teoría me ayuda a contextualizarlas y a darles densidad conceptual; la docencia, a ordenarlas y compartirlas. Enseñar es también investigar: cuando acompaño procesos, puedo traducir las ideas en herramientas y con el tiempo voy conociendo y reconociendo todo lo que este trabajo tiene de oficio, de horas y horas de práctica, algo que es ineludible a la hora de crear. Y crear es también pensar: cada ensayo se convierte en una forma de teoría en acción.
La mediación cultural y la participación del público son claves en tu trabajo. ¿Cómo buscas romper la barrera entre escenario y espectador?
Me apasiona el espacio intangible entre la creación y el público. Todo lo que va más allá de “la obra”. Un ejemplo claro de esto es Frecuencia Escénica Modulada, un ciclo de charlas que creé para reunir a profesionales de distintas áreas de las artes escénicas, estudiantes y público en un mismo espacio de debate y reflexión.
Es un dispositivo híbrido en formato radiofónico que sucede dentro de un teatro: lxs espectadores-oyentes y lxs artistas pueden intervenir y nutrir el diálogo desde su bagaje y sensibilidad. La idea es transformar la asistencia a un teatro en una experiencia activa de pensamiento compartido. Me interesa mucho que el ámbito escénico sea no sólo un lugar donde mirar, sino también donde dialogar y pensar juntxs.
El concepto de “poesía visual” aparece mucho en tu discurso. ¿Cómo lo definirías y qué papel juega en tus obras?
La poesía visual es, para mí, la capacidad de detonar imaginarios, una reunión de símbolos que condensan pensamiento y emoción, de abrir un espacio simbólico que no se agota en la literalidad. Es un lenguaje que trabaja con la evocación, con lo que no se dice pero resuena.
En mi trabajo, esta idea se vincula especialmente con el live cinema: en proyectos como NO(W)HERE, Five Lines o Paisajes Elementales he explorado cómo un simple material como el papel, el cine expandido o la manipulación de imágenes en vivo pueden generar un territorio poético en el que el espectador asiste tanto al resultado como al proceso de creación de la imagen. Esa doble capa —la del artificio y la de la resonancia poética— es lo que me interesa activar.
Has explorado géneros como el teatro de objetos, el documental escénico y también has impartido un laboratorios sobre site specific o performance¿Qué te impulsa a investigar constantemente nuevos lenguajes?
Supongo que mi impulso es la curiosidad y la necesidad de no quedarme en un territorio cómodo. Cada una de estas vías o lenguajes me abre una puerta y caminos distintos: el teatro de objetos me permitió trabajar sobre la expresión de los materiales y las tecnologías analógicas y digitales; los proyectos tipo documental escénico me han servido para cuestionar la idea de pertenencia e identidad explorando la frontera entre lo real y lo ficcional; en los laboratorios Germinal o el de WE&ME, pude compartir con lxs alumnxs a poner en práctica herramientas metodológicas para una creación escénica compleja y viva. Cambiar de lenguajes es también una manera de reinventar los códigos y actualizar las preguntas que nos hacemos como creadoras.
Si una persona ve por primera vez una obra tuya, ¿qué te gustaría que se lleve de esa experiencia?
Creo que en las artes vivas se comparte mucha intimidad. Todo acto escénico es un encuentro orgánico de cuerpos en tiempo y espacio. ¡Imaginate la ecuación! Me gustaría que se conectara con ese lugar ambiguo de lo inexplicable. Procuro que mis obras generen atmósferas capaces de despertar sensaciones, conectar con aquello que no se entiende del todo, pero que provoca placer, curiosidad y ganas de adentrarse más en ese universo irrepetible.
Quisiera que se lleve consigo una pregunta que no pueda responder de inmediato, una inquietud que permanezca, junto con la huella sensible de alguna imagen, un gesto o una acción. Si la obra logra activar los sentidos, desordenar el pensamiento y conmover ( o sea e-moción) al mismo tiempo, siento que ha cumplido su propósito: abrir un espacio de resonancia íntima y, a la vez, colectiva.