MARIA BARRERA
Tu práctica se mueve en un territorio híbrido entre ilustración, dirección creativa e investigación material. ¿En qué momento entendiste que tu trabajo no necesitaba encajar en una sola disciplina para tener sentido?
Durante mucho tiempo sentí frustración porque mi trabajo no encajaba fácilmente en una sola etiqueta. Tanto en la formación académica como en el ámbito profesional, parecía necesario definirse de manera cerrada para que los demás pudieran entender qué hacías. Yo partía siempre de la ilustración y el dibujo, pero sentía que esa definición se me quedaba pequeña. Con el tiempo entendí que el problema no estaba en mi práctica, sino en la rigidez de las categorías. Nombrarme como artista gráfica fue una forma de ampliar ese marco, una manera de entender la gráfica como un territorio flexible desde el que poder moverme entre distintos formatos, materiales, contextos… sin cerrarme a ningún soporte y manteniendo el dibujo como eje principal de mis proyectos.
En muchos de tus proyectos aparecen la nostalgia y la memoria familiar e histórica. ¿Desde cuándo la memoria dejó de ser solo un tema y pasó a convertirse en un motor creativo?
Hace años era bastante cauta con el tema de la memoria familiar, quizá por miedo al cliché o a quedarme en lo autobiográfico. Fue con el tiempo que entendí que no era solo un tema recurrente, sino que era algo que me empujaba a crear y a hacerme preguntas.
Vengo de una familia que guarda todo: fotografías, objetos, historias… Abrir un cajón es, muchas veces, encontrarse la vida completa de alguien. Ese gesto de archivo afectivo, de cuidar y conservar, me hizo pensar muchas veces en la necesidad de construir memoria, de dejar rastro, de pensar qué legado dejamos y como se narra una vida. Mi trabajo (el personal principalmente) nace de ahí.
Hablas del cuerpo, de lo cotidiano y de lo simbólico como espacios que se tocan. ¿Cómo se cuela lo íntimo en tu trabajo sin volverse literal ni autobiográfico del todo?
Lo íntimo aparece en mi trabajo más como una atmósfera que como un relato literal. No me interesa contar mi historia de forma directa, sino trabajar desde sensaciones, símbolos y gestos que pueden ser compartidos. Parto de experiencias personales, pero las transformo a través del lenguaje visual y del proceso, dejando espacio para que quien mira proyecte su propia historia. Lo íntimo, para mí, no está en el dato biográfico, sino en la emoción que se activa.
Tu recorrido académico es largo y muy consciente: Bellas Artes, másteres, ahora doctorado. ¿Qué te da la investigación que no te da la práctica profesional más inmediata?
Para mi no existe una separación entre investigación y práctica profesional. La práctica alimenta la investigación y la investigación devuelve profundidad y sentido a la práctica.
Investigar me permite tomar distancia, leer, observar otros procesos, dialogar con otros contextos y cuestionar lo que doy por hecho. No parto de cero, parto de mi experiencia como profesional, y desde ahí abro preguntas.
Has trabajado tanto en proyectos autorales como en gráfica aplicada y colaboraciones con marcas e instituciones. ¿Cómo decides cuándo decir que sí y cuándo proteger tu espacio más personal como creadora?
Creo que esto depende de cada caso concreto en el que me pueda encontrar. Pero sí puedo hablar de que mi espacio personal como creadora no es algo separado de mi trabajo, es continuo. Siempre estoy creando, incluso cuando no hay un encargo de por medio. Por eso, suelo decir sí principalmente a proyectos que me permitan mantener mi práctica y que, de alguna manera, dialogan con mis intereses.
‘Volverán a sonar’, tu proyecto premiado con Transport]Art[e, llevaba la gráfica al espacio público. ¿Qué te interesa de sacar el arte del espacio expositivo y colocarlo en lo cotidiano, incluso en lo funcional?
Aunque no es lo que mueve mi trabajo, me interesa que el arte forme parte de lo cotidiano. Vivimos en entornos cada vez más despersonalizados y funcionales, y siento que el espacio público necesita recuperar lo sensible, lo simbólico y lo humano.
Sacar la imagen y el lenguaje artístico fuera del espacio expositivo tradicional es una forma de generar encuentros inesperados, de activar la mirada en lugares que damos por hecho.
En ‘De la cocina al corazón, sin escalas’ la comida se convierte en un lugar de investigación artística y terapéutica. ¿Qué descubriste sobre el cuerpo —y sobre ti— al trabajar desde ese vínculo entre creación y cuidado?
El recetario nace de una relación compleja con la comida derivada de problemas de salud intestinal. Durante un tiempo empecé a dibujar de manera casi inconsciente los alimentos que no podía comer, especialmente tartas, helados, etc, que se convirtió en una especie de fantasía visual. Gracias a eso descubrí que dibujar aquello que no podía tener era una forma de cuidado y de proyección: una manera de decir “esto volverá”. Descubrí en el dibujo un espacio de sanación simbólica.
Be Moa nace como proyecto textil familiar, casi como un archivo afectivo. ¿Qué te aporta trabajar con lo heredado y lo manual frente a lo nuevo y lo tecnológico?
Lo manual no está reñido con lo tecnológico; al contrario, conviven. Me interesa esa convivencia entre lo heredado y lo contemporáneo, como una forma de entender la creatividad desde la continuidad del legado y no desde la ruptura.
Hablas de la pausa, del tiempo libre y de la desconexión como espacios necesarios para crear. ¿Crees que hoy parar es un gesto casi político dentro del contexto creativo?
Sin duda. En un contexto donde parece que siempre hay que estar produciendo, parar es una forma de resistencia. Para quienes trabajamos de manera autónoma, la línea entre trabajo y vida personal es muy difusa.
Defender la pausa, el tiempo libre y la desconexión es defender espacios necesarios para pensar, experimentar y crear con sentido. Parar no es dejar de producir, es crear las condiciones para hacerlo mejor.
Si miras todo tu recorrido hasta ahora, ¿qué sientes que estás empezando a buscar —y todavía no has encontrado— en esta nueva etapa más orientada a la pintura y la investigación?
Estoy en un momento de búsqueda de nuevas metodologías, tanto en la investigación como en la pintura. Me interesa cuestionar cómo trabajo, por qué ciertas formas funcionan y otras no, y permitirme empezar de cero. Esta etapa no tiene que ver con encontrar respuestas definitivas, sino con sostener la pregunta: desmontar procesos, probar, fallar y volver a construir desde otro lugar.