LOS VINAGRES

Vuestra música siempre ha estado muy ligada al directo, al sudor y a esa sensación de celebración compartida. ¿En qué momento sentisteis que detrás de la fiesta también empezaba a aparecer algo más íntimo?

Cuando empezamos a tocar juntos éramos muy jóvenes y esa actitud se veía reflejada en las canciones y sobretodo en las letras. Cantábamos lo que vivíamos y todo encajaba, pero hemos crecido y nuestras prioridades e inquietudes son otras. Así que hemos tenido que hacer un reajuste necesario en el concepto de las letras para identificarnos con lo que cantamos y transmitir el mensaje correcto.

Amores de verbena parece moverse entre lo popular y la nostalgia, entre la risa y cierta melancolía. ¿Qué historia personal se esconde dentro de este nuevo disco?

Estos últimos años han sido una montaña rusa, con luces y sombras tanto en lo profesional como en lo personal. Nos dimos cuenta de que todo ese bagaje necesitaba salir en nuestras canciones. Aunque seguimos abrazando el espíritu de las verbenas y la energía de lo vivido, hoy sentimos que nuestra música ha madurado: ahora le damos prioridad a los vínculos reales y a esas cosas que, pase lo que pase, son para siempre.

Hay algo muy físico en vuestro sonido: ritmo, cuerpo, baile, calor de calle. ¿Cómo dialoga ese impulso de moverse con las emociones que no siempre se dicen en voz alta?

Esta me parece una pregunta muy acertada. Nosotros pensamos que se puede llorar bailando y también rabiar estanso contento. Hay varias canciones el este disco que transmiten ese contraste, como por ejemplo: Déjame. En ella hablamos de una situación bastante jodida que vivió un familiar muy cercano nuestro, pero el mensaje evoca a la superación y al seguir hacia adelante sin que nadie te detenga. 

Vuestro universo bebe de muchas tradiciones, pero nunca suena a ejercicio de estilo sino a algo vivido. ¿Qué significa para vosotros crear desde el orígenes sin quedar atrapados en él?

Todo cobra sentido cuando entiendes de dónde venimos. En La Palma, al ser una isla pequeña, no teníamos fácil acceso a los grandes grupos de rock que admirábamos. El rock fue nuestra escuela al coger los instrumentos, pero nuestra realidad social eran las verbenas, las romerías y el carnaval. Lo curioso fue que, al formar Los Vinagres, nos dimos cuenta de que nuestra forma de interactuar con el público se parecía más a la de una orquesta de merengue que a una banda de rock convencional. Las influencias latinas salían solas al componer. Siento que en este disco hemos dado con la tecla exacta: la proporción perfecta entre el pogo y el perreo

En un momento donde todo parece inmediato y digital, vuestra propuesta mantiene algo muy humano, casi de encuentro real. ¿Qué lugar ocupa hoy la comunidad en vuestra forma de hacer música?

Es una realidad. Hoy la música se consume de forma banal e inmediata; salen canciones como churros y se queman en días. Parece que si paras un mes para inspirarte o descansar, estás muerto comercialmente. Sin embargo, nosotros encontramos el sentido a todo esto en la verbena. Es nuestro terreno natural. Para nosotros, la comunidad no es un número de seguidores, sino ese momento en el concierto donde el público desconecta de su día a día para entrar en nuestro universo. Ahí lo digital desaparece y lo que queda es un encuentro real, humano y físico.

Cada disco suele ser también una fotografía del momento vital del artista. ¿Qué os estaba pasando por dentro mientras nacían estas canciones?

Este disco es, ante todo, el resultado de una sanación. Veníamos de un momento donde todo se nubló: la pandemia frenó en seco nuestra progresión y, justo con el segundo disco recién salido, nuestro bajista decidió abandonar el proyecto. Fue un golpe duro porque veníamos de una racha muy buena. Sin embargo, llevamos más de 20 años tocando juntos y ese bache nos obligó a mirar hacia dentro y valorar lo que habíamos construido. Nos reafirmamos en que la música es nuestra vida y que no concebimos otra forma de hacerla que no sea desde el corazón y la verdad.

En vuestra música conviven humor, ironía y una energía muy luminosa. ¿La alegría es una forma de resistencia… o simplemente vuestra manera natural de estar en el mundo?

A veces cuesta afrontar ciertas situaciones con una sonrisa en la cara, pero si es verdad que creemos que afrontar las adversidades con alegría, humor y autocrítica hace todo más llevadero. La canción de La Vida es un Carnaval de Celia Cruz no sólo es una barbaridad de canción, sino que describe la que consideramos la mejor filosofía de vida: entender que, a pesar de las penas, cantar y bailar es la mejor forma de seguir adelante.

Lleváis años creciendo paso a paso, sin prisa pero sin pausa. ¿Qué habéis aprendido del tiempo y de la paciencia dentro de la industria musical?

La lección más importante que me llevo de todos estos años dedicándome a la música es que lo verdaderamente importante son las canciones. A través de ellas consigues conectar realmente con el público y conseguir que una canción forme parte de la vida de las personas es el mayor logro en esta profesión.

Mirando atrás, desde los primeros conciertos hasta ahora, ¿qué parte de vosotros ha cambiado más… y cuál sigue exactamente igual?

Yo diría que hemos cambiado muy poco. Obviamente hemos crecido y nuestro estilo de vida es más tranquilo. Pero a la hora de subirnos al escenario seguimos conservando  las ganas de comernos el mundo que teníamos desde el principio. A lo mejor ya no hacemos tantas piruetas como antes, pero lo compensamos tocando mejor 

Si alguien escucha Amores de verbena dentro de diez años, ¿qué os gustaría que sintiera sobre este momento de vuestras vidas?

Nos gustaría que, pase el tiempo que pase, quien escuche Amores de verbena sienta que no está solo en sus dudas. Todos pasamos por etapas donde cuestionamos nuestro valor o el sentido de lo que hacemos; nosotros mismos estuvimos ahí. Si dentro de diez años este disco sirve para darle a alguien ese empujoncito necesario para volver a creer en sí mismo, habremos cumplido nuestra misión. Al final, el mensaje es atemporal: siempre vale la pena apostar por lo que uno ama desde la verdad.