LILI RITZ

Empezaste a sacar música durante la pandemia, en un momento de encierro y silencio colectivo. ¿Qué necesidad personal te llevó a empezar a escribir y cantar justo тогда?

La música fue mi forma de acercarme a los demás, de decir “no estás solo” cuando no podíamos estar cerca. También tenía la necesidad de querer sacar una sonrisa a las personas que me escuchaban, y de crear un espacio de conexión emocional en medio del silencio y la tristeza.

Tocas el piano y la guitarra, instrumentos muy ligados a lo íntimo. ¿Cómo influyen tus manos, el gesto físico de tocar, en la forma en la que compones y sientes tus canciones?

Para mí tocar el piano o la guitarra es algo muy intuitivo, casi físico. No me siento una experta, simplemente dejo que las manos fluyan y me guíen. Muchas veces empiezo sacando una melodía o una rueda de acordes, y a partir de ahí voy construyendo la canción poco a poco. El gesto de tocar me ayuda a entrar en la emoción, pero al final le doy más importancia a la letra: es donde realmente siento que puedo decir lo que quiero y conectar de verdad con quien me escucha.

Has decidido apostar por el soul-pop en castellano, un territorio todavía poco explorado aquí. ¿Qué te permite este género para decir cosas que quizá no encajarían en otro lenguaje musical?

El soul-pop en castellano me permite hablar desde la emoción sin perder cercanía. El sonido de mi proyecto nace de esa búsqueda de equilibrio entre la emoción del soul clásico y la producción moderna del pop. Al mezclar loops y  bombos actuales con melodías más clásicas, consigo un lenguaje elegante pero actualizado, que me da espacio para expresar en las letras preocupaciones muy reales de la Generación Z. Es un terreno donde puedo ser honesta, vulnerable y actual, sin que el mensaje se diluya.

Tu estética visual tiene algo de cuento, de fairytale, pero nunca es ingenua. ¿Qué relación hay entre esa imagen delicada y lo que realmente estás contando en tus letras?

La estética fairytale es una forma de envolver lo que cuento, no de suavizarlo. Me gusta mezclar fantasía y realidad, porque muchas veces las letras hablan de emociones intensas, heridas o procesos personales que no son superficiales en absoluto. 

La imagen delicada funciona casi como un contraste: atrae, pero cuando te acercas descubres que hay verdad, profundidad y experiencia real detrás de las canciones. Al igual que las películas de hadas, que parecen inocentes, para niños, pero en el fondo hay en ellas un significado o lección con mucha profundidad.

‘Kintsugi’ parte de una idea muy clara: reparar lo roto sin ocultar la cicatriz. ¿En qué momento vital sentiste que necesitabas hablar de la herida en lugar de esconderla?

Sentí que la filosofía del Kintsugi representaba el momento exacto por el que estaba pasando en mi vida. Afrontar la herida, lo roto, hace que sanes y te recompongas antes,  convirtiéndote en una mejor versión de ti mismo. Cuando escuché esta filosofía, decidí aplicarla a mi vida y compartir el mensaje que transmite tan bonito, mediante un EP.

Cada canción del EP representa una fase del proceso de ruptura y sanación. ¿Hay alguna de esas etapas que todavía sigas atravesando hoy, fuera del disco?

No, la verdad es que no. El EP y las canciones me ayudaron a canalizar cada emoción del proceso de reconstrucción: confusión, rabia, tristeza, aceptación y, finalmente, la sanación, que es el kintsugi. Hoy siento que estoy en una sanación completa, en mi mejor versión del kintsugi. Quise que todo el EP tuviera coherencia con esa filosofía y con Japón, y al final ha sido un viaje emocional que me ha permitido cerrar etapas desde un lugar muy consciente y con mucha paz.

Has recibido premios y reconocimiento muy pronto, siendo muy joven. ¿Cómo gestionas la presión de crecer artísticamente sin perder la honestidad con la que empezaste?

Intento no perder de vista por qué empecé. Los premios y el reconocimiento son un impulso, pero no el motor. Para mí lo más importante sigue siendo ser honesta con lo que siento y con lo que cuento, aunque eso implique ir más despacio o no encajar siempre en lo esperado. Crecer artísticamente, para mí, es evolucionar sin traicionarme, siempre disfrutando del proceso.

Trabajas con banda y también desde lo muy personal. ¿Qué te aporta la colectividad del directo frente a la soledad del proceso de composición?

La colectividad del directo me aporta energía, conexión y feedback inmediato: sentir cómo la banda y el público reaccionan me inspira y me hace disfrutar la música de otra manera. En cambio, la soledad del proceso de composición es mi espacio de introspección, donde puedo explorar emociones profundas y transformar lo que siento en canciones auténticas. Ambos momentos se complementan: uno me da impulso y compañía, el otro me da honestidad y libertad creativa. 

Sin embargo, este último año he aprendido a componer en grupo en espacios de mujeres como Raw Ruido o We Make Noise, disfrutando mucho creando con amigas artistas como Lagaiaff, Dikitenco y Oh Margó.

Como artista de tu generación, tienes una conexión muy directa con lo digital. ¿Qué papel juegan las redes en tu proyecto y dónde pones el límite para proteger tu intimidad?

Las redes son una herramienta clave para compartir mi proyecto y conectar de forma directa con la gente. Me permiten mostrar el proceso, mi universo creativo y crear comunidad, pero siempre protegiendo a las personas que quiero: amigos, familiares y pareja, que no aparecen salvo que ellos quieran. Prefiero que lo más personal esté en la música; ahí es donde me expreso de verdad.

Si miras a la Lili que empezó a escribir canciones durante la pandemia, ¿qué le dirías ahora desde el lugar en el que estás, y qué te gustaría no olvidar nunca de ella?

Le diría: “Lili, trabaja duro, crea, compone, muévete y no esperes que nadie lo haga por ti. Confía en tu intuición y no tengas miedo de mostrar lo que sientes, porque esa vulnerabilidad es la que va a hacer que crees canciones y amistades maravillosas” 

No quiero olvidar nunca de ella su valentía, su curiosidad y la forma en la que no le importaba lo que pensasen los demás. Siempre poniéndole el valor que merecía a su música.