DAVID MOIKAVE

Hablas de estos tres temas como “latigazos directos a la cara”. ¿De dónde nace esa necesidad de incomodar o sacudir al oyente en lugar de simplemente acompañarlo?

Nace de mi propio nervio. Mi vida no es un salón de masaje ni una película de amor mojigato. No podría escribir canciones indie “bonitas” aunque quisiera. El NPC que quiera la pastilla azul que la busque en otro lado.

Cada tema lo defines como la banda sonora de una película. ¿Tus canciones nacen primero como imágenes o como emociones?

Un sueño no se puede reducir a sonidos. Todos pensamos en imágenes, sensaciones, ideas… Por eso mi obra tiene mas que ver con el cine que con la música sola. De otro modo, estaría un poco incompleta. Pero sí es cierto que hay mucho margen para que el oyente imagine sus propias pelis. ¡Por eso no todos temas tienen videoclip! (En realidad es porque no da la pasta)

Hay algo inquietante en ese “delirio rosa lleno de maniquís negros y pistas crípticas”. ¿Qué te interesa de lo extraño, de lo que no se entiende del todo?

Es que los sueños nunca son del todo claros. Yo mismo intento descifrar mis propias ideas y me siento desorientado todo el tiempo. Me gusta que el oyente se meta conmigo al laberinto. Aunque las piezas las ponga yo, no soy el gran arquitecto que dispone el juego. Soy un jugador más. Siento que todo encajará de alguna forma cuando me haya ido.

Vienes de un álbum debut como La Pantera Rosa y ahora adelantas nuevo material. ¿Qué parte de ese primer imaginario se rompe en esta nueva etapa?

Este EP es una extensión de ese universo. Son los mismos elementos narrativos, pero con nuevas capas. Se  abraza más lo español como identidad. Le he cogido manía a lo anglosajón. Y hay una evolución en el sonido hacia algo más fresco y menos retro. Pero siempre sirviendo a la narrativa general.

Tu estética parece jugar constantemente entre lo bello y lo perturbador. ¿La contradicción es el lugar donde realmente te reconoces como artista?

La contradicción es lo que descoloca al tipo más seguro y coherente del mundo. El cortocircuito que te hace cosquillitas en la mente. Es mi ADN. He aprendido a abrazarla y disfrutarla.  Pienso que es la esencia misma de la vida.

En tus vídeos hay un componente visual muy fuerte, casi coreográfico. ¿El cuerpo también es un instrumento dentro de tu narrativa?

La coreografía tiene que ver con ese elemento mágico del cine de hacer que parezca sencillo y fluido. Aunque sea un engranaje muy medido y muy complicado.  Sobre todo para los maniquís negros, que a veces se rebelan y hacen su propio show.

Hablas de pistas crípticas, como si el espectador tuviera que descifrar algo. ¿Te interesa que el público entienda… o que se pierda dentro de lo que propones?

Prefiero que el público se pierda en el laberinto y nos encontremos dentro. Y nos demos cuenta que todos estamos igual  de perdidos. No hay que entenderlo todo. Solo armar tu propia peli y atar ciertos cabos; que ya es bastante divertido.

El directo en Tempo Club será el primer contacto de estos temas con el público. ¿El escenario es donde la historia se completa o donde se transforma?

El directo es otra cosa. La puesta en escena nunca puede estar a la altura de la peli. Nos humaniza demasiado. Pero intentamos seguir una narrativa estética que respete las canciones y aporte algo. Si eso no sucede, no me interesa nada tocar por tocar.

Si alguien se adentra en este universo dentro de unos años, ¿qué te gustaría que sintiera más que entender?

Me gustaría que esa persona sintiera una plácida desorientación. Un pinchazo agridulce. Y una media sonrisa al borde de una ataque de nervios.