BLONDE POULAIN

Blonde Poulain no parece solo un proyecto musical, sino un sistema completo de pensamiento. ¿En qué momento entendiste que no querías hacer canciones sueltas, sino construir un universo coherente donde todo dialogara: sonido, imagen, concepto y emoción?

Como diseñador gráfico siempre he pensado la creación desde lo visual y lo conceptual. Las canciones nunca nacen solo como música, sino como imágenes que condensan una emoción y piden un contexto propio. Entiendo la música de forma sinestésica: colores, texturas y espacios se traducen en sonidos, narrativas emocionales y atmósferas. Mis canciones funcionan como la banda sonora de escenas vitales que nacen como fotografías y evolucionan hasta convertirse en piezas cinematográficas. Me gusta pensar en cómo Hans Zimmer ha inspirado mi forma de integrar la voz como una capa más en la música, junto a efectos especiales para generar una dimensión más cinematográfica e inmersiva.

Ese enfoque se consolidó durante mi etapa en Italia, entre la residencia artística en Fabrica y mi trabajo en United Colors of Benetton, donde profundicé en el minimalismo con el uso conceptual del color junto a Jean–Charles de Castelbajac y la idea de la imagen como lenguaje, de la mano de Oliviero Toscani. Allí escribí muchas de las letras que dieron origen a este proyecto, al que después fui incorporando sonido, imagen y emoción para que funcionaran como un único sistema, con un universo propio lleno de referencias que conectan entre sí de manera natural.

En Blanc: L’Espace hablas constantemente de viajes, órbitas, destinos y desplazamientos. ¿De qué lugar vital estabas saliendo cuando empezaste a escribir este EP?

L’Espace nace de un estado de desplazamiento vital. Ya en “Hoy aquí, mañana allí” empecé a trabajar la idea del viaje como transformación, coincidiendo con una etapa de movimiento constante entre Murcia, Bélgica, Holanda y Madrid.

El origen del EP se sitúa en mi última etapa en Italia, tras salir de Madrid y de mi zona de confort. Fue un momento de distancia con mi familia y amistades, pero también de descubrimientos creativos y emocionales muy intensos. Muchas de las letras nacen ahí.

Cuando decidí volver a Madrid, durante un verano en la costa de Murcia, encontré el espacio mental para ordenar todo lo vivido y entender que ese tránsito necesitaba convertirse en un proyecto musical. Después llegó 2020 y lo sacudió todo. Fue la etapa más dura de mi vida, pero también aquella en la que la música se convirtió en refugio y motivación. Blanc: L’Espace nace de ahí: de salir, de volver, de perder el centro y buscar nuevas órbitas. El viaje espacial funciona como una metáfora constante entre mi vida real y el deseo de seguir explorando lugares, personas y emociones a través de la música.

Tus canciones miran al espacio, pero hablan de emociones muy humanas. ¿Por qué la ciencia ficción te resulta un lenguaje tan preciso para hablar de intimidad, desamor o búsqueda personal?

La ciencia ficción me ofrece una distancia emocional desde la que hablar de lo íntimo sin hacerlo de forma literal. Es el espacio donde Pablo y Blonde Poulain se separan y se encuentran: realidad y fantasía se entrelazan, permitiendo que las canciones funcionen como metáforas abiertas a la interpretación de quien escucha.

Las películas que más me han marcado —como 2001: A Space Odyssey, Blade Runner o Interstellar— utilizan el viaje espacial para hablar, en realidad, de identidad, tiempo o pertenencia. Esa idea del viaje como búsqueda, muy ligada al mito de la Odisea, ya estaba presente en trabajos anteriores, pero en Blanc: L’Espace se traslada a un imaginario futurista.

La exploración espacial siempre me ha fascinado por lo que revela sobre nuestra fragilidad. El “punto azul” del que habla Carl Sagan en Cosmos resume muy bien esa idea: para entendernos, a veces necesitamos salir de órbita. En mis letras, el espacio exterior funciona como un espejo del mundo interior, donde lo inmenso y lo íntimo conviven en un mismo lenguaje.

Hay una tensión muy clara entre lo analógico y lo digital en tu música y en tu estética. ¿Sientes que tu proyecto intenta reconciliar al ser humano con la tecnología, más que oponerse a ella?

No intento oponer lo humano a la tecnología, sino reconciliarlos. La tensión entre lo analógico y lo digital responde tanto a una reflexión entre emoción e inteligencia racional como a una decisión estética. Me interesa el equilibrio entre ritmos robóticos y síntesis digital que nos sitúan en un imaginario futurista; y la calidez de lo analógico, donde el error, la distorsión y los instrumentos reales aportan verdad y fisicidad.

En las voces sucede algo similar: mi voz natural nos acerca a Pablo, la persona, mientras que el uso de Auto-Tune o Vocoder construye a Blonde Poulain, el personaje. Ahí aparece una referencia clara a Daft Punk: el robot que, en el fondo, sigue siendo Human After All.
Esa dualidad se extiende también a lo visual. Conviven elementos tangibles —como los sets físicos de Objetivo: La Tierra, con guiños al Disco de Oro de la Voyager, el mensaje de Arecibo o la iconografía de la llegada a la Luna— con un entorno aséptico e industrial y con el uso de 3D, IA y experimentación digital en piezas como Polvo Cósmico y Off–World™.

Me interesa esa frontera entre lo real y lo artificial: cuidar los instrumentos orgánicos en directo, pero abrazar la tecnología desde una mirada transhumanista. Me inspiran tanto los androides de Blade Runner como cyborgs reales como Neil Harbisson, Manel de Aguas, Moon Ribas o Pol Lombarte. Creo que la nueva humanidad no sustituye lo humano, sino que lo amplifica, y ahí es donde quiero situar mi proyecto.

En tu manifiesto hablas de arte como sistema, no como estilo. ¿Qué te enseñaron referentes como Kubrick, Rams o Warhol sobre cómo tomar decisiones creativas con sentido?

De Stanley Kubrick me interesa su forma de entender la obra como un sistema cerrado, donde nada es arbitrario. Su perfeccionismo no es solo estético, sino metodológico: repetición de códigos, control del ritmo y uso de la simetría como herramientas narrativas. Todo está pensado para generar una experiencia concreta, algo que traslado a cada proyecto como un conjunto de decisiones coherentes que se refuerzan entre sí.

La influencia de Dieter Rams atraviesa mi manera de diseñar y producir desde el minimalismo. Intento comunicar la máxima emoción con el mínimo de elementos, eliminando todo lo que no cumple una función clara. Cada decisión visual o sonora responde a un porqué.

Andy Warhol me conecta con la cultura pop como sistema de difusión. De él extraigo la capacidad de traducir ideas complejas en gestos simples, universales y accesibles, sin perder profundidad. En conjunto, estos referentes me ayudan a pensar el arte como una arquitectura de sentido, donde cada elección construye una identidad sólida en el tiempo.

La voz en tu música funciona casi como una interfaz: íntima, procesada, a veces distante. ¿Qué parte de ti aparece cuando cantas sin capas, y cuál cuando te ocultas detrás de ellas?

Cuando canto sin capas, muy cerca del micrófono, aparece la parte más íntima y humana: la voz como respiración. Es el lugar donde estoy menos protegido y más conectado con el mensaje, sin distancia ni artificio.

Cuando la voz se procesa, se duplica o se sumerge en el sonido, entra en juego otra capa del proyecto. Ahí la voz se convierte en una interfaz, un elemento más dentro del sistema sonoro. Esa búsqueda de una sensación inmersiva conecta con la parte más futurista, experimental y robotizada del EP.

La tensión entre ambas voces refleja la dualidad de Blonde Poulain: lo cercano y lo distante, lo humano y lo tecnológico, la persona y el personaje conviviendo en un mismo espacio.

Has trabajado el proyecto desde una lógica 360º, rodeándote de un equipo creativo muy cercano. ¿Qué importancia tiene para ti la confianza y la afinidad emocional en los procesos de creación colectiva?

Este proyecto no se entendería sin las personas que lo rodean. La confianza y la afinidad emocional son claves para que la creatividad se potencie en calidad y significado.

Desde el inicio, con Jose Melgares, que compartió conmigo los beats sobre los que escribí las primeras letras, hasta el trabajo con mi productor, Carri Rubio, que apostó por el proyecto y tradujo mis ideas en sonido. A eso se suma la colaboración con músicos como Manolo Mejías al bajo o José Bruno en la batería, que aportaron un carácter humano y orgánico al groove, y el trabajo de John Greenham en el mastering, que elevó la calidad final.

En lo visual ocurre lo mismo: la conceptualización junto a Joaquín Castro, y el trabajo de Calamar Dojo, Patricia Blas, Irene Sáez, Mat Merino o Mario Martínez ha sido clave. Es un equipo profesional formado por amigos que me conocen bien como persona y como artista.

Trabajamos desde procesos abiertos, con brainstorming y moodboards que cruzan diseño, fotografía o moda. Confío plenamente en el criterio del equipo para llevar las ideas un paso más allá. Esa confianza es lo que convierte el proyecto en una pieza artística 360º, coherente y viva.

‘Objetivo: La Tierra’ parece un punto de llegada, pero también una pregunta. Después de todo este viaje espacial, ¿qué significa hoy “volver a casa” para ti?

Volver a casa significa ser consciente de lo esencial. Es regresar a la rutina desde un lugar sano: al contacto con la tierra, con los amigos, con la familia y con uno mismo. Después de un viaje largo, personal y creativo, ese reencuentro es necesario para no perder el centro.

Es un recordatorio de la importancia de lo cotidiano, de lo real, de todo aquello que solemos dar por hecho hasta que nos alejamos. Después de explorar otros mundos, la verdadera pregunta es cómo habitar mejor el propio.

Tu obra habla mucho de pertenencia en tiempos de cambio. ¿Dónde sientes que encaja Blonde Poulain dentro de la escena actual: en los márgenes, en el futuro o en un lugar propio aún por nombrar?

Esta pregunta, la respondió a la perfección mi buen amigo y artista aarönsáez:

“Hay talentos que son pequeños rayos láser que atraviesan el humo y la oscuridad. Que encienden cuando pasan y dejan una estela para que el resto nos asomemos a mirar. Que transitan por caminos de fotones que nos muestran lo que viene.

Blonde Poulain siempre ha sido uno de esos artistas. Visiones necesarias contra el estatismo y las monotonías, que tienen siempre en la punta de la lengua el sabor de lo que viene, y que tan solo con levantar el dedo al aire, saben por dónde sopla, y hacia donde va. Un creador completo y atrevido, que maneja la imagen, el sonido, el mensaje, y la luz. Una voz a la que siempre estar atento y que con cada nueva canción confirma lo que muchos vimos en él la primera vez que lo descubrimos en un escenario: aquí hay un artista distinto.

Y en estos tiempos veloces y soporíferos a partes iguales, nada necesitamos más que una mirada que aborrezca el ángulo básico y aburrido y encuentre la distancia correcta para mostrar de una forma valiente y sin complejos lo que otros solo soñamos con ver.

Seguiremos asomados a sus nuevos caminos con curiosidad y alegría.”

Si Blanc: L’Espace fuera solo el primer capítulo de una historia más larga, ¿qué crees que todavía no has dicho —y está esperando— en los próximos lanzamientos?

L’Espace es solo el primer capítulo de una historia en la que aún quedan zonas por explorar, incluso dentro del propio EP, con los singles que lo completan: Black Hole, Mirage y Eclipse.

Si el blanco representa el espacio y el origen, las siguientes piezas del Collage © se adentrarán en otros territorios esenciales: el amor, vinculado al rojo, y la moda, asociada al azul.

La mirada hacia el espacio exterior se transformará en una exploración de lo íntimo y emocional en Rouge: L’Amour, y en una reflexión sobre la estética, la imagen y la identidad en Bleu: La Mode.

Es una historia de final abierto, con dos capítulos aún por revelarse.