RIBELA LOVE NATURE FESTIVAL
Ribela nace en la naturaleza, lejos del modelo de festival urbano masivo. ¿En qué momento sentisteis que la música necesitaba volver al territorio para recuperar su sentido?
No hubo un momento concreto. Fue más bien una sensación que se fue haciendo cada vez más clara a medida que se le iba dando forma. Veníamos de vivir la música en contextos cada vez más acelerados, más saturados y más desconectados del entorno, y empezamos a notar que algo esencial estaba pasando desapercibido.
Para nosotr@s, la música electrónica siempre ha tenido que ver con comunidad, con escucha y con presencia, y eso es difícil de sostener en formatos masivos y urbanos donde todo compite por atención.
Así que volver al territorio no fue una huida de la ciudad, sino una forma de devolverle a la música un espacio donde pudiera respirarse, donde el cuerpo, el paisaje y el sonido volvieran a estar alineados.
Habláis de experiencia antes que de programación. ¿Qué significa realmente vivir un festival, y no solo asistir a conciertos?
Vivir un festival significa abrirse, descubrir. Significa compartir momentos, crear futuras anécdotas y alejarse del ritmo cotidiano. Significa también desconectar para volver a conectar. Implicarse y, al mismo tiempo, poder abstraerse.
Queremos que Ribela sea algo más que comprar una entrada y ocupar una pequeña parcela de la pista para ver a tu DJ favorito. Para nosotr@s, la experiencia empieza mucho antes: en el momento en que alguien descubre el proyecto, lo ve en redes, o escucha hablar de él y decide investigar un poco más.
Desde ahí intentamos sembrar el concepto, la energía y la filosofía de Ribela, que irán echando sus raíces a lo largo del invierno y, si conecta con quien lo descubre, florecerá durante todo el fin de semana del festival.
Por ello, vivir el festival implica haber sido parte de un grupo de personas que, sin conocerse, crearon una comunidad que se extenderá en el tiempo.
La sostenibilidad en Ribela no aparece como discurso, sino como práctica cotidiana. ¿Cómo evitáis que lo ecológico se convierta en estética o marketing vacío?
Simplemente: implementando. Somos conscientes del impacto que tiene el festival en el entorno que lo alberga, e intentamos reducirlo al máximo durante todas las etapas. Reutilizando, fabricando con nuestras manos, en la relación con el territorio, en la manera de producir y en asumir que no todo puede crecer indefinidamente.
A lo largo de estos años la sostenibilidad ha ido poco a poco consolidándose como un comportamiento, tanto en el equipo como en l@s asistentes. Para nosotr@s es un criterio que atraviesa cómo se piensa y se construye Ribela, incluso cuando eso implica límites o renuncias.
Todo ello se traduce en un público mucho más responsable, un entorno cuidado y limpio, y una comunidad más comprometida con el medio.
Proponéis durante 48 horas otra forma de habitar el mundo: alimentación plant-based, cuidado del entorno, comunidad. ¿Puede un festival transformar, aunque sea mínimamente, la vida de quien pasa por él?
No se trata de transformar vidas de forma inmediata, sino de abrir una posibilidad. La transformación, si ocurre, empieza siempre por la concienciación. Ribela nace ahí: en la necesidad de que el festival no sea solo consumo, sino experiencia situada, vinculada a un lugar concreto y a una forma más consciente de estar junt@s.
Un festival puede hacer que alguien pruebe. Que pruebe y decida. En cuanto a la oferta gastronómica, por ejemplo, Ribela será 100% plant-based. No buscamos cambiar la mentalidad de nadie, simplemente proponer dos días en los que el consumo de productos de origen animal no esté presente.
La música electrónica suele asociarse a lo nocturno, lo urbano, incluso lo industrial. ¿Qué cambia cuando esa música respira en medio de un paisaje natural?
Cambia la perspectiva. La rigidez con la que, en ocasiones, entendemos las cosas. Cuando la música electrónica se sitúa en un paisaje natural, cambia la forma de escucharla y de habitarla.
El marco sobre el que se construye esta quinta edición es un buen ejemplo de la interacción entre música y entorno: un diálogo continuo entre procesos internos, como la percepción corporal, la vibración, la atención o la resonancia emocional, y elementos externos como el paisaje, el entorno y la presencia colectiva.
Queremos que el paisaje tenga un papel activo, que no se oculte ni pase desapercibido.
Ribela reúne artistas internacionales y talento local dentro de una misma narrativa. ¿Qué papel juega Galicia como territorio emocional y cultural dentro del festival?
Ribela nace, entre otras cosas, de un fuerte sentido de pertenencia. Entendemos el festival como una pequeña muestra de lo que significa este territorio, no solo a nivel geográfico, sino afectivo y cultural.
Galicia es el lugar al que llamamos “casa” sin importar lo lejos que estemos, y ese sentimiento de morriña forma parte de nuestra manera de estar en el mundo.
Aunque sea en pequeñas dosis, queremos que Ribela transmita esa sensación: que quienes pasan por el festival se lleven consigo una forma de añoranza, de vínculo con un lugar que quizá no conocían, pero que sienten cercano.
En esa narrativa, la convivencia entre artistas internacionales y talento local es fundamental. La presencia de proyectos de fuera amplía el diálogo y sitúa a Galicia en un mapa más amplio, pero el talento gallego no ocupa un lugar secundario: es parte estructural del festival.
Sentimos que tenemos el privilegio y la responsabilidad de generar esas oportunidades, especialmente teniendo tan cerca un talento enorme que merece ser escuchado y proyectado más allá de su propio territorio.
Habéis construido una identidad clara en muy pocos años. ¿Qué ha sido lo más difícil de proteger mientras el proyecto crecía?
Mantener el sentido del proyecto frente a la presión de crecer. A medida que Ribela se hace más visible, aparecen expectativas externas que no siempre encajan con lo que queremos construir.
Proteger la identidad ha significado priorizar la coherencia por encima de la aceptación, aprender a decir que no y asumir que ciertas oportunidades no compensan si implican diluir la esencia del proyecto. Preservar el la experiencia colectiva y el tiempo necesario para que las cosas sucedan con sentido ha sido, y sigue siendo, uno de los mayores retos del crecimiento.
En un momento donde muchos festivales compiten por tamaño y visibilidad, qué significa para vosotros elegir la escala humana?
En una sociedad cada vez más adicta a la validación externa y a la competición por ser lo que más destaca, hemos optado por un crecimiento orgánico. No queremos empujar los límites del proyecto hacia donde nosotros queremos, sino que se expandan de manera natural hacia donde tenga sentido.
Una premisa que tenemos muy clara es la de “calidad por encima de cantidad”, entendiendo la calidad no solo en términos de programación, sino también de experiencia, cuidado y relaciones humanas.
Seguiremos creciendo en todos los aspectos que podamos, pero siempre con la intención de que quienes nos acompañan desde el inicio sigan sintiéndose como en casa cada año. Esa continuidad emocional solo es posible manteniendo una propuesta cercana, donde artistas y asistentes no sean figuras separadas, sino partes activas de una misma experiencia compartida.
Más allá de la música, Ribela parece hablar de comunidad, cuidado y futuro. ¿Sentís que estáis construyendo solo un festival… o un pequeño modelo de mundo posible?
No pensamos Ribela como un modelo de mundo cerrado ni como una respuesta a todo. Se está consiguiendo, simplemente, que durante unos días algunas cientos de personas sonrían, se encuentren y rompan su rutina. Eso no cambia el mundo, pero sí genera algo que merece la pena.
Para nosotr@s, como equipo, Ribela es también un espacio de escape. Nos permite salir de nuestras lógicas cotidianas, activar la parte más creativa y recordar por qué hacemos lo que hacemos. Si en ese proceso se construye comunidad, se ensayan otras formas de estar juntas y se abre una pequeña grieta hacia futuros más conscientes, creemos que ya es suficiente.
Si alguien llegara a Ribela sin saber nada de música electrónica, ¿qué os gustaría que se llevara de esos dos días cuando volviera a casa?
Inspiración y una sensación de pertenencia. Que Ribela se convierta en un punto de encuentro al que querer volver, un lugar de reunión donde se crean conexiones reales y duraderas.
Más allá de la música, nos gustaría que se llevara una tradición que empieza a construirse y un espacio en el que sentirse libre y descubrir.
Si al volver a casa sientes que has vivido algo auténtico con otras personas, Ribela ya ha cumplido su sentido.