MARIA ANTÒNIA ROSES

«Me’n vaig sense fugir» es un título que sugiere movimiento y arraigo al mismo tiempo. ¿De qué huyes y hacia dónde te vas cuando compones?

Desde pequeña siempre he sentido la necesidad de salir de mi zona de confort, de ponerme en escenarios nuevos que me ayudaran a descubrir otras versiones de mí misma. «Me’n vaig sense fugir» nace de un viaje que hice a Australia hace dos años, y fue el primero en el que sentí que no estaba huyendo de nada ni de nadie. Por primera vez, tenía las riendas de mi vida y la necesidad real de encontrarme. Ese viaje fue más una búsqueda que una escapada: una forma de entender que marcharse también puede ser una manera de volver a una misma…

Tu música nace entre la psicología y el piano. ¿Cómo dialogan esas dos partes de ti cuando creas?

Para mí, el piano —o la música en general— es como mi subconsciente, la parte más intuitiva. Suelo empezar a tocar sin saber muy bien qué estoy haciendo; simplemente improviso melodías y acordes que suenan en mi cabeza e intento darles forma.
Por otra parte, la psicología es el lugar desde donde nacen mis letras: surge de la necesidad de entender mi mundo interior y lo que me rodea. Es la parte más racional y consciente, la que me permite poner palabras a lo que la intuición ya había expresado antes a través de la música.

Muchas veces empiezo una canción sin tener claro de qué quiero hablar, pero cuando desenredo los primeros acordes o versos, empiezo a comprender hacia dónde quiero ir. Es ahí donde aparece la conciencia —la psicología— para guiar a la intuición —la música— y darle sentido. De alguna manera, es un diálogo constante entre lo que siento y lo que entiendo, entre dejarme llevar y buscar significado.

Has dicho que la música te ayuda a comprender el mundo que te rodea. ¿Recuerdas algún momento en el que una canción te haya servido para poner palabras a algo que no sabías decir?

Recuerdo perfectamente el momento en que escribí mi primera canción: “Davall Un Altre Cel Estrellat”.. Fue una semana antes de irme a Australia. Llevaba casi diez años pisando escenarios, tocando con diferentes proyectos musicales, pero siempre había visto la composición propia como algo demasiado grande o complicado.

En ese momento hacía clases particulares de piano con mi profesor de toda la vida, Toni Sánchez, y me dijo: “Va, Maria Antònia, después de tantos años haciendo música juntos, ya va siendo hora de que escribas tu primera canción. Aprovecha este momento, ahora que estás a punto de irte a la otra punta del mundo, para canalizar todas esas emociones en forma de melodías y acordes.”

Y así lo hice. En un momento lleno de despedidas, con la emoción y la incertidumbre del viaje más grande de mi vida, encontré en la música una manera de calmar esa montaña rusa interior. Esa primera canción me ayudó a decir adiós, a cerrar una etapa y, al mismo tiempo, a abrirme con ilusión a todo lo que estaba por venir.

Después de once años en proyectos colectivos, ahora presentas tu propio nombre. ¿Qué cambia cuando la voz que se escucha ya no representa a un grupo, sino a ti misma?

Cambia prácticamente todo. En los proyectos anteriores siempre había desempeñado roles más secundarios, así que de repente sentir que todas las miradas estaban puestas en mí supuso un ejercicio enorme de valentía y exposición.

Al final, en mis canciones hablo de lo que vivo y de lo que siento, y compartir esa intimidad no siempre es fácil. Pero con el tiempo me he ido sintiendo cada vez más cómoda, más en paz con mostrarme tal como soy. Creo que lo que más ha cambiado ha sido mi nivel de confianza y seguridad: si mi yo de hace siete años me viera por un agujerito, no se lo creería.

Tenía miedo de verme demasiado desnuda o vulnerable al subir al escenario, con el foco puesto solo en mí. Pero, para mi sorpresa, me he llevado una sensación completamente distinta. Ahora siento que el escenario es mi lugar de calma, de máxima liberación y de placer.

Y eso me encanta. Espero que esa sensación me acompañe todo el tiempo que tenga sentido para mí.

El EP nace tras un viaje transformador a Australia. ¿Qué descubriste allí que necesitabas traer de vuelta?

Siempre digo que mi viaje a Australia no fue solo físico, sino profundamente personal. Estaba en un momento en el que no sabía muy bien hacia dónde tirar: acababa de terminar psicología, pero aún no me veía trabajando en ello, y la música siempre había sido un camino lleno de incertidumbre.

Cuando volví, lo tuve clarísimo: quería hacer música, empezar a grabar mis propias canciones e invertir de lleno en mi proyecto artístico. Creo que ese fue el aprendizaje más grande del viaje.

Allí estuve en contacto con muchas historias de vida distintas, pero casi todas compartían un mismo hilo: personas que habían tenido demasiada prisa por vivir una vida adulta sin tener claro quiénes eran ni qué querían. Escuchar esas historias me hizo abrir los ojos, aferrarme al presente y recordar lo que siempre había querido hacer: música.

Al final, comprendí que la vida pasa muy rápido como para dejar para mañana lo que más disfrutas haciendo. Ese descubrimiento se convirtió en el motor de mi EP y en la manera de mirar mi vida desde la claridad y la pasión por crear.

Tu música combina sensibilidad, reflexión y mirada crítica. ¿Sientes que la honestidad emocional sigue siendo una forma de resistencia en la música actual?

Sí, creo que hoy más que nunca se echa en falta la honestidad emocional en los proyectos musicales. Es muy fácil unirse a una moda o a un sonido actual, pero lo que realmente conecta con la audiencia es que tus valores como persona estén alineados con tu música. Para mí, este es uno de los grandes pilares de mi proyecto: la sinceridad, la transparencia y la honestidad en lo que canto, siento y digo.

Es cierto que la estética y la producción digital están en pleno auge, aunque la estética siempre ha estado presente —ya había artistas de los años 60 o 80 con universos propios muy potentes. Pero cada vez parece que se da más importancia a la perfección, a la puesta en escena y a lo electrónico, y menos a lo orgánico, natural, improvisado, al directo sin bases pregrabadas o sin disparar efectos.

Yo quiero que mi música sea un puente entre lo orgánico y lo digital: honesta y cercana, pero abierta a la experimentación y a la modernidad. Un espacio donde la sensibilidad y la reflexión convivan con el sonido actual, sin perder la verdad que hay detrás de cada nota y cada palabra.

Vienes de Petra, un pueblo pequeño de Mallorca, y ahora vives en Barcelona. ¿Cómo conviven en ti esos dos mundos —la raíz y la ciudad— cuando compones?

En Mallorca es donde encuentro más calma para componer, pero siento que Barcelona es la ciudad que más me estimula creativamente. Si no hubiera venido a vivir aquí, probablemente no habría tenido la oportunidad de estudiar Composición en el Taller de Músics ni de empaparme de tantos músicos y profesores que han influido enormemente en mi forma de crear.

Aun así, los paisajes de Mallorca siempre están presentes en mis letras, casi de forma involuntaria. Estar rodeada de mar y naturaleza se siente muy presente en mi música, como un hilo que conecta mis canciones con mis raíces, mientras que la ciudad aporta movimiento, inspiración y nuevas perspectivas.

‘Me’n vaig sense fugir’ está producido por Toni Morales y se siente muy orgánico, muy cercano. ¿Cómo fue ese proceso de grabar un trabajo tan íntimo sin perder la frescura del directo?

El proceso de producción con Toni Morales fue muy natural y fácil. Desde el primer momento captó el concepto y la esencia que buscaba, así que todo fluyó de forma muy orgánica. Creo que juntos encontramos un puente perfecto entre la voz y el piano —de donde nacen siempre mis canciones— y un toque más moderno con sintetizadores, percusiones electrónicas y otros matices sutiles que aportan frescura sin perder la intimidad.

Desde el principio tenía claro que quería contar una historia a través del EP, que las canciones tuvieran un orden intencionado y coherente para que el mensaje se entendiera como un todo. Y con Toni conseguimos justamente eso: un trabajo honesto, emocional y cercano, que mantiene la sensibilidad del directo pero con una producción que lo eleva y le da identidad.

Has sido reconocida como artista revelación, pero también hablas de la importancia de la calma y la introspección. ¿Te preocupa el ritmo acelerado con el que se mide hoy el éxito artístico?

Sí que me preocupa, sobre todo cuando se entra en dinámicas de comparación: estadísticas, followers, escuchas… Por suerte intento mantener una relación “sana” con todo esto, en la medida de lo posible. Sé que tengo que exponerme para que la gente conozca mi música, pero también intento medir el éxito con otros parámetros que van más allá de este ritmo frenético: la gente que viene a tus conciertos, un desconocido que escucha tu música, el feedback constructivo de un artista que admiras, o simplemente sentir que hay coherencia emocional en mi trabajo y entender hacia dónde quiero ir.

Claro que siempre se viven con ilusión y agradecimiento los reconocimientos, como haber sido nominada por primera vez como Artista Revelación en los premios Enderrock. Son gestos que valoras y que dan ese empujón tan necesario.

Pero, al final, los pasos más importantes y grandes de una carrera casi siempre se dan cuando prácticamente nadie te ve. Y ahora siento que estoy en ese momento: sembrando, sembrando y sembrando, con paciencia, esperando que algún día pueda recoger los frutos.

Como artista y como psicóloga, ¿cómo entiendes la creación? ¿Es para ti una forma de terapia, de conocimiento o de comunicación?

Definitivamente, sí. Desde muy pequeñita he sentido que la música es para mí una forma de terapia, una manera de expresar todo aquello que no sé decir con palabras. Entiendo la creación como un ejercicio íntimo de mirarse a uno mismo con la mayor lealtad y honestidad.

Lo que más me llena es transformar ese espacio que al principio puede parecer inseguro o incómodo —por mostrar tu historia sin filtros— en un lugar seguro. Con el tiempo, la conciencia se apodera de él, y se convierte en un espacio donde puedo explorar mi mundo desde diferentes perspectivas y sentirlo de muchas maneras a medida que pasan los años.

Hoy, la música es para mí un refugio, un camino de descubrimiento y un puente que me conecta conmigo misma y con quienes escuchan. Es mi manera de vivir, de sentir y de compartir lo más profundo de mi ser.