XISK
Dolenties nace desde lo incómodo, desde lo que muchas veces no se dice. ¿En qué momento entendiste que había cosas que necesitaban ser dichas aunque incomodaran?
Creo que desde pequeña, creciendo dentro del sistema patriarcal que tenemos tan normalizado, ya iba notando cosas que no me cuadraban. Comportamientos, dinámicas y también sentimientos que muchas veces nos enseñan a reprimir, sobre todo cuando te sales de lo establecido o de lo normativo.
Con los años, y gracias a conocer amigues y conectar con personas con una mirada más crítica hacia el mundo que habitamos, empecé a ponerle nombre a muchas de esas incomodidades e intuiciones. Encontrar esos espacios y ese acompañamiento me dio la seguridad para expresar mis pensamientos desde otro lugar, entendiendo que no era la única que veía o sentía todo eso.
Hablas de relaciones, sistema y opresión desde un lugar muy personal. ¿Convertir lo íntimo en discurso político ha sido una decisión… o algo inevitable?
Para mí, hacer música y compartir lo que creo siempre tiene que ser, de alguna forma, discurso. No me interesa la banalidad por sí sola; si algún día aparece, será porque de manera consciente hay un mensaje de fondo que lo sostiene.
Hay muchas maneras de comunicar lo que vivimos y sentimos, pero en mi caso escribir y producir canciones es el lugar donde mejor entiendo mis propios dilemas y también desde dónde puedo expresar la incomodidad o la frustración ante ciertas cosas.
Sé que hay artistas que se consideran apolíticos o que dicen no tener esa intención, pero a mí eso me cuesta verlo así. Para mí, el día a día ya es un discurso político constante: cómo vivimos, cómo nos relacionamos, cómo nos posicionamos en lo cotidiano… todo eso también es política. Así que, más que una decisión, que también, creo que ha sido algo inevitable.
En el disco la vulnerabilidad se transforma en fuerza. ¿Te ha costado más mostrarte frágil o permitirte ser fuerte desde ahí?
La verdad es que llevo mucho mejor sostener la fragilidad y mostrar ese lado más vulnerable. Me sale de una forma bastante natural. En cambio, el ejercicio en este disco ha sido más bien el contrario: ponerme la coraza y transformar ese ‘síndrome de la impostora’ que nos atraviesa a tantas en algo más fuerte, casi como un puño en alto.
Y, curiosamente, una de las cosas más reconfortantes está siendo ver que voy por buen camino. Incluso cuando aparecen comentarios de hate en redes… de alguna manera es señal de que lo que hago incomoda y remueve. Y para mí, eso también es un pequeño logro.
‘KARA’ nace de testimonios reales de amigas. ¿Qué cambia cuando una canción deja de ser solo tuya y pasa a ser colectiva?
He pasado muchos años bastante acostumbrada a hacerlo todo por mi cuenta, a no abrirme del todo con la gente que quiero y a no pedir ayuda. De alguna manera, esta canción también nace como una forma de agradecer a todas esas personas que me lo han puesto fácil en el camino, y de intentar ser yo también un lugar donde ellas puedan sostenerse.
Cuando una canción deja de ser solo tuya y pasa a ser colectiva, cambia completamente la responsabilidad y el sentido: ya no hablas solo desde ti, sino que estás cuidando y dando espacio a historias que también son de otras.
En ‘KARA’ no solo está el vínculo y la sororidad, también hay un eco de conversaciones que me han marcado muchísimo, especialmente con personas trans y las violencias que atraviesan. Acercarme a esas vivencias me ha permitido conectar desde un lugar más empático, entendiendo la importancia de escucharnos y sostenernos.
Tu música mezcla géneros muy distintos, desde lo urbano hasta lo electrónico más experimental.
La diversidad sonora nace bastante de mi necesidad de mostrarme de la forma más transparente posible. Aunque soy fan incondicional del dnb, el hard bounce y todo lo que tenga que ver con el techno, para mí siempre hay espacio para explorar otros géneros.
Más que una decisión puramente estética, tiene que ver con cómo entiendo la vida: la diversidad nos atraviesa en todo —en cómo nos vestimos, cómo nos sentimos, las pelis que vemos o los libros que leemos— y la música no iba a ser una excepción.
Así que este collage sonoro es también una forma de no encajar en un solo molde, pero sobre todo de permitirme ser múltiple y hacer de esa mezcla un lenguaje propio.
Hay una intención clara de romper con narrativas tradicionales, especialmente en lo sexoafectivo. ¿Sientes que estamos desaprendiendo cómo relacionarnos… o empezando de cero?
Siento que, al menos en mi caso, vivo un poco en una burbuja donde sí veo formas muy distintas de relacionarse, dinámicas nuevas para entender el deseo y lo sexoafectivo. Pero tampoco quiero romantizarlo, porque esas formas también requieren de gestión emocional y de la voluntad de cuidar.
Aun así, también soy consciente de que cuando esa burbuja se rompe, sigue muy presente todo ese imaginario con el que hemos crecido: lo que se supone que está bien, lo que está permitido y lo que queda completamente fuera de los estándares.
Entonces no sé si estamos empezando de cero, pero sí creo que estamos en un proceso de desaprender muy fuerte… aunque los patrones tradicionales siguen apareciendo, casi como un fantasma, recordándonos de dónde venimos.
El disco tiene un posicionamiento feminista muy directo. ¿Te interesa generar conversación… o incomodar lo suficiente como para que algo se mueva?
Creo que las dos cosas son necesarias. Con el tiempo, y también durante el proceso de crear el disco, me he dado cuenta de que lo patriarcal y quienes viven cómodos ahí difícilmente van a cambiar, al menos no por voluntad propia.
Para ese lugar, mi intención sí es incomodar: hacer ruido, ocupar espacio y que su voz y su odio no sean lo único que se escuche. Crear música para que las personas que se sienten en los márgenes tengan alternativas y que se sientan representadas en lo cotidiano.
Pero la conversación también me interesa, y mucho. Sobre todo generar eso en gente que está dispuesta a revisarse, a cuestionarse y a construir otros horizontes. Incluso con personas que piensan muy distinto a mí.
Vienes de ‘Bad Bitx’, un proyecto más feroz, y ahora amplías ese universo. ¿Qué has descubierto de ti en este proceso que no habías explorado antes?
He descubierto que puedo hacer y construir lo que me da la gana sin estar todo el rato pensando en ser más o en llegar a algo concreto. Después de todos estos años con el proyecto, este disco me ha hecho abrir bastante los ojos: entender por qué hago música y para qué la hago de verdad.
También me he encontrado con una fuerza que igual antes no tenía tan presente —o no me atrevía a mostrar—: hablar sin vergüenza, señalar lo que me incomoda y hacerlo con rotundidad. Creo que nunca lo había explorado desde un sitio tan cercano y tan honesto.
Tu contexto (Mallorca, lo insular) también forma parte del proyecto. ¿Crees que crear desde ahí te da una mirada distinta sobre lo que estás contando?
Creo que crear desde aquí me da todavía más motivación para entender el disco con más fuerza. Lo insular tiene su parte frustrante: hay pocos espacios, y siempre está ese dilema constante de tener que irte fuera para que lo que haces llegue y tenga eco.
Pero también siento que precisamente por hacerlo desde la isla, el enfoque del disco ha acabado siendo otro. Que el ruido lo genere el mensaje, la intensidad, lo que estoy contando… y no tanto el hecho de estar lejos o el “agua” que a veces nos separa de las oportunidades.
Si alguien escucha Dolenties dentro de unos años, ¿qué te gustaría que sintiera: rabia, identificación… o la sensación de no estar sola?
Me gustaría que, dentro de unos años, quien lo escuche pueda reconectar con su yo más interno: con sus frustraciones, tanto las propias como las colectivas, y que encuentre en el disco una especie de banda sonora para todo eso.
Que también pueda ser un disfraz para quien se siente frágil y necesita fuerza, o un altavoz para quien se siente muda y no sabe cómo decir lo que lleva dentro o lo que nos impide vivir libres.