SÉLPIDE
Tu proyecto nace desde la idea de acumular referencias, casi como un archivo personal. ¿En qué momento sentiste que tu identidad artística también era una especie de collage?
Creo que nunca he podido planteármela de otra manera. Dicen que «eres lo que comes», ¿no? En el arte pasa igual: lo que creas es un reflejo de lo que consumes — y, en este caso, el cristal por el que pasa la luz, el que determina cómo se distorsiona, eres tú. Desde pequeña me he visto atraída por historias y celebridades muy distintas entre sí: el humor surrealista de las novelas del Capitán Calzoncillos, la aventura y la amistad de Pokémon, las letras sarcásticas e inteligentes de Marina (cuando firmaba como & The Diamonds), la visión idealizada y aspiracional de Hollywood en Victorious… Son formatos, tonos y temáticas que poco tienen que ver entre sí y, con el paso de los años, me di cuenta de que no era capaz de elegir una sola. Me gustan todas. Hay pocas cosas que no me llamen la atención. Creo que así fue como me di cuenta de que ignorar esa diversidad — ese hambre — sería no ser fiel a la realidad.
MoMA plantea un museo imaginario donde cada canción es una pieza. ¿Te interesa más ordenar el caos… o celebrar que nunca se pueda ordenar del todo?
¿Está feo si respondo que lo primero? Soy una persona extremadamente metódica. Lo paso mal cuando no puedo tener una vista aérea clara del conjunto, sea de lo que sea que estemos hablando. Pero es un aprendizaje necesario el de abrazar el caos cuando trabajas en proyectos así de ambiciosos. No puedes controlarlo todo — aunque sigue siendo lo que intento. El mundo es caótico por naturaleza, pero, escondidos tras la vorágine, hay trocitos de verdad. David Lynch los veía como peces: hablaba de que pescaba ideas que ya estaban ahí fuera, dando vueltas por el universo. Yo también lo pienso así. Creo que el arte ayuda a traducir esas ideas, a traerlas a tierra. Una canción desentraña algo complejo que el artista ha visto; lo lleva a la puerta del oyente con un manual de instrucciones y le da la oportunidad de entenderlo. Me interesa ayudar a poner un poco de orden en ese caos. Solo el justo y necesario para aportar mi granito de arena a la odisea incansable de sentirnos algo menos perdidos.
Has pasado por Corea formándote en la industria del K-Pop. ¿Qué aprendiste allí que cambió tu forma de entender el pop?
Que trabajar la música desde una óptica comercial no tiene por qué traicionar la honestidad del resultado final. Hay estrategias relacionadas con la estructura de una canción, la sonoridad de las palabras que se repiten el estribillo, el tipo de apertura y qué elementos o motifs del conjunto adelanta… que ayudan a hacerla más memorable, más pegadiza. Siempre he sido una persona muy cuadriculada, incluso a la hora de componer, y me causaba rechazo a mí misma: tenía la idea de que la música (y cualquier arte en general) debe ser algo libre y fluido. De que mis procesos no eran los de una artista de verdad. En Corea me enseñaron que la mejor manera de trabajar una canción es ponerle el corazón y la cabeza a la vez — hablar desde la verdad, construir algo genuino, pero intentar hacerlo de la forma en la que más gente pueda llegar a conectar con ella. Si el K-Pop ha llegado al lugar en el que está es porque, por lo general, permite desde el mainstream una experimentación sonora mucho más amplia a la que acostumbra el pop en occidente. Las grandes compañías coreanas están a la caza de tendencias, por supuesto, y se dedican a replicarlas — pero intentan hacerlas suyas, narrarlas con su propia voz. Estudiar los procesos que siguen para lograrlo es algo muy enriquecedor.
Eres música, escritora y creadora audiovisual. ¿Necesitas contar las cosas desde distintos lenguajes… o ninguno te termina de bastar?
Lo primero. Una profesora de la universidad nos dijo una frase en clase que se me quedó grabada: cada historia tiene un formato. Quizás eres cineasta y se te ocurre una trama maravillosa, pero es algo introspectivo y cargado de reflexiones, algo que ganaría si se contase como novela. O quizás dibujes comics y sientas que una sucesión de viñetas te pide una canción: a lo mejor esos planos que estás encajando quedarían mejor en un videoclip. De entre todos los lenguajes que hemos inventado, hay uno que casa con cada idea y la eleva a su mejor versión. Si lo que me mueve es transmitir esas verdades que veo — si quiero llevarles los peces al público y que conecten con ellos de verdad —, creo que es mi responsabilidad buscar su idioma nativo. Y es verdad que me pasa igual que como consumidora… me gustan todos demasiado. Me dan cosas distintas, me lo paso muy bien. No podría quedarme con uno.
Tu proyecto tiene una identidad muy marcada desde lo visual. ¿La estética aparece después de la música… o es el punto de partida?
Van de la mano. Creo que la música llega un poquito antes — solo la semilla, la base sobre la que se construye: una frase, una melodía, un concepto. Lo que pasa es que, durante el proceso de composición, se me vienen imágenes a la cabeza que terminan filtrándose a las música antes siquiera de plantear videoclips, photoshoots o cuestiones de diseño. Me parece importante que la forma y el fondo se construyan en los mismos términos. Para mí son complementarios, están al mismo nivel: la estética no es solo un adorno o el envoltorio de un paquete, es un lenguaje en sí mismo. Te permite contar cosas que la música por sí sola no puede.
Hablas de ser una “estrella del pop queer, andaluza y conceptual”. ¿Ese statement es una aspiración… o una forma de posicionarte frente a la industria?
Pues era una aspiración… pero a partir de ahora va a ser una afirmación, como tú dices. Me gusta más ese enfoque. Muchas gracias. Voy a defenderlo a capa y espada.
Hay algo muy generacional en tu forma de mezclar referentes sin jerarquías. ¿Crees que hoy crear consiste más en reinterpretar que en inventar desde cero?
Creo que todo está inventado y que todo ha estado inventado siempre — pero también creo que somos la primera generación que es plenamente consciente de ello. Recuerdo ser pequeña y llevarme una decepción enorme al descubrir que el mundo entero estaba ya descubierto. Que no hay exploradores como los de las películas antiguas. Ningún hueco con interrogaciones que rellenar en el mapa. Nos ha criado internet, que es lo mismo que decir que llevamos todos los conocimientos de la historia de la humanidad en la palma de la mano. Nadie nunca ha sabido tanto como nosotros. Vivir en estado de sobreestimulación permanente hace que te plantees la creación desde un enfoque distinto al que probablemente tomarían personas que, por pura desinformación, creen de verdad que están haciendo algo nuevo. No sé si suena a que el panorama actual me parece mejor — me da pena que se haya perdido esa magia. Hay algo muy honesto y muy humano en cualquier manifestación artística que nace del sentir que estás inventando algo. Ahora, sin embargo, parece una actitud insolente e incluso arrogante. Porque deberías saber que ya hay alguien que ha hecho algo parecido antes — habla mal de ti que seas tan naive como para creer de verdad que aportas algo nuevo — se publican cientos, miles de canciones cada día en las plataformas de distribución, y ves a compañeros promocionar sus singles remezclando las estrategias de otros artistas más grandes, y una portada te recuerda a otra porque te aparecen veintisiete cada día en el feed de Instagram. Es algo muy complejo. Pienso mucho en ello. Tengo muchas opiniones.
Cada canción del disco parece un homenaje a algo o alguien. ¿Dónde termina la referencia y empieza lo verdaderamente tuyo?
La letra de «el tapiz de los fantasmas pt. 2» dice: Bienvenidos al Museo / Me he dado cuenta de que no va de mí ni va de ellos: / el tapiz de los fantasmas se teje en nosotros. Solo dos canciones (esta última y la primera, «museum audioguide: steal like an artist» suenan enteramente parecidas a quien yo era cuando compuse el disco. Son las audioguías: no hacen referencia a nadie, te acompañan por el Museo. Todas las demás están construidas a base de pedacitos de mí entrelazados con pedacitos de ellos. Empiezan y acaban ahí: en el nosotros.
El concepto del museo también habla de lo que se guarda, lo que se expone y lo que se pierde. ¿Qué partes de ti decides mostrar… y cuáles prefieres que se queden fuera?
Soy bastante transparente. Creo que lo que muestro es lo que hay; si algo se queda fuera es solo porque no me parecía el momento de hablar de ello. Al menos por ahora.
Si alguien recorre MoMA dentro de unos años, ¿qué te gustaría que entendiera sobre esta primera etapa de tu proyecto?
Que era un preludio, un disco cero — una carta de amor y un homenaje a la pared de la habitación de cualquier adolescente. A los posters que no dejan ver el color del que está pintada, aquello que nos hace ser quienes terminamos siendo: los materiales que, a veces a conciencia y a veces sin saberlo, elegimos para construirnos a nosotros mismos. En el MoMA están los ingredientes con los que la sélpide de veinte años empezó a cocinar las calles de su universo. Si a quienquiera que lo escuche le sirve para identificar los suyos — si por el camino logra conocerse a sí mismo un poquito mejor, volver a abrir las puertas a los cimientos de quien siempre fue — entonces me doy por satisfecha.